
Todas somos Alexandra.
Alexandra de noche nace de una antigua fantasía literaria: la de escribir la propia autobiografía o ensayar el arte del autorretrato. El ejercicio de introspección que Alejandra Coz aborda al repasar su infancia y su juventud durante los años 80 y 90s hasta alcanzar la madurez del presente, logra cristalizarse en una nouvelle extraña y hermosa, hecha de fragmentos, secuencias y chispazos de una vida que no termina de comprenderse.
Este es un libro trizado, impresionista, claroscuro, que la autora tenía “en la punta de la lengua” y que ahora le ofrece al mundo como expurgación u ofrenda. Con una sinceridad a flor de piel y un control emotivo a prueba de ego, nos narra la educación sentimental de una niña hiperalerta, de una joven rebelde y de mujer intrépida aún en plena búsqueda existencial, llamada Alexandra y que es y no es Alejandra. El juego del doble le permite a autora adoptar una falsa distancia consigo misma, en una maniobra de
deconstrucción -que algunos podrán llamar ying y yang o autoficción-, que se siente honesta, lúcida y sobre todo liberadora.
Puede que Alexandra sea sólo un espejismo, la encarnación de la noche en lugar del día, lo que no se ve versus lo que se muestra, o el nombre de toda una generación de hijas que han llegado a la adultez con preguntas en lugar de certezas. ¿Cuáles son las huellas de “una infancia extrema”? ¿Qué significa habitar el lugar de hija (en su caso de una artista única -que no se nombra- como lo fue Lotty Rosenfeld) en un medio burgués? ¿Cómo ser una adulta normal en un mundo que se ha vuelto irreconocible? ¿Se puede amar sin temerle a la herida? ¿Cesarán algún día las fluctuaciones de la mente?
Este libro de memorias desclasificadas también es eso: una fluctuación de sentimientos encontrados hacia lo vivido que van desde el asombro, la gratitud pero también el cuestionamiento.
María José Viera-Gallo